03 febrero 2015

Colaboración Levante-EMV 27/1/2015 "Elogio y refutación del aburrimiento"

"Elogio y refutación del aburrimiento"

Había recorrido las pocas tiendas de discos a las que solía ir y no encontró el último disco de Andrea Motis. Había leido en algún sitio que se llamaba “Motis Chamorro Big Band” pero no aparecía en la sección de jazz, ni en la M, ni en la Ch, ni en la B. Había alguno de la Sant Andreu  Jazz Band, con alguna interpretación suya, pero sospechaba que ya lo tenía. Quería darle una sorpresa regalándoselo. A ella le ponía de buen humor el jazz, especialmente Motis. Cuando llegó con las manos vacías ella estaba mirando el horno para ver si subía  un bizcocho de manzana.

Debió ser Baroja el que dijo algo parecido a que, sorprendentemente, la gente que vive en grandes ciudades se aburre tanto como la que vive en sitios en los que no hay un mal cuadro que mirar, nunca hay una representación teatral, y el cine nunca se llegó a abrir. Digo que debió ser Baroja porque, al parecer, le interesaba tanto el tema que llegó a definirse como un hombre curioso que se aburría desde la más tierna infancia.

En muchas grandes ciudades el aburrimiento está anatemizado. Hay quien se empeña en que vivamos en una montaña rusa de emociones permanente. Apabullan con una oferta totalmente prescindible de espectáculos únicos e irrepetibles. Grandes espectáculos deportivos, representaciones operísticas únicas, conciertos especiales, instalaciones imposibles, fascinantes muestras artísticas,… Dan que hablar en su génesis, en su concreción, en su ejecución y, lamentablemente, en su liquidación. Atraen la atención mediática, generan debate, se juzgan según su eco, y vuelta a empezar.

La mayoría de la gente sabe que esas cosas pasan, que están ahí, pero nunca participa en ellas.  ¿Se aburren más que los que no se pierden un estreno, una inauguración o la copa en el bar de moda? Seguramente no. La mayoría combate el aburrimiento bajando al río a pasear o a hacer deporte, sentándose en una terraza bañada por el sol, mirando escaparates en los centros comerciales o recorriendo la playa de la Malvarrosa llegando hasta la Patacona.

Hay quienes viven el tiempo de enseñar a ir en bici, de patinar, de mirar una y mil veces los descensos por los toboganes del Gulliver, de  aprovechar los domingos gratuitos del IVAM , de aplaudir las representaciones del teatro de la Beneficiencia. Otros viven el tiempo de ver crecer la hierba.

En alguna novela de Dürrenmatt un personaje grita desesperadamente su aburrimiento, parece un grito que añora emociones, que busca salir de la comodidad, de la tranquilidad del sistema. El grito del que se rebela contra la normalidad, del que quiere transgredir.

En estos tiempos de perplejidad constante, de vaivenes, de intrigas y de decepciones, el anhelo es el aburrimiento, sentir cómo pasan los días.

Desde que leyeron que especies invasoras de aves estaban tomando la ciudad se sorprendían, de tanto en tanto, mutuamente, mirando las copas de los árboles. Debían ser los únicos intrigados por la cuestión porque la mayoría de los que se cruzaban con ellos solo miraba el móvil. La amenaza de las cotorras de Kramer y argentinas no se podía tomar a broma, pero ya se sabe, la gente es pasota. Solo una vez él vió algo parecido a una cotorra, a primera vista no impresionaba mucho.

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