07 enero 2015

Colaboración Levante-EMV 30/12/2014 "Mobiliario Urbano"

"Mobiliario urbano"

Estaban cansados después de haber visitado el Museo Arqueológico y el Museo de la Colegiata de Santa María de Borja. La última parada de la tarde sería el belén instalado en el Convento de la Concepción. Manuel, el erudito presidente del Centro de Estudios Borjanos, su cicerone, pisaba con energía las vulgares baldosas de hormigón que habían sustituido los añejos adoquines. Ocurrencia de un alcalde zote que, habiéndolos descubierto en Benidorm, decidió implantarlos.

En las grandes ciudades, la estética de su mobiliario urbano no la condiciona tanto el capricho de sus ocurrentes alcaldes sino el espejismo de unos posibles ingresos publicitarios que podrían llegar por la explotación de sus espacios públicos.  El de Valencia, como  en tantas otras ciudades, es gestionado por una empresa francesa. Vista una, vistas todas. Todas igualitas con los mismos relojes, papeleras, postes, tableros publicitarios y demás chirimbolos; todas igual de afrancesadas e igual de anticuadas. Nosotros no cobramos por los múltiples trastos que inundan nuestra ciudad, las ganancias son para la empresa. Bastó la promesa de reponer papeleras, bancos y contenedores de pilas, para la adjudicación del contrato.

Es inexplicable que con la calidad, reconocida internacionalmente, de los diseñadores valencianos no se les implique en la tarea de renovar nuestro mobiliario urbano. Nacho Lavernia, Daniel Nebot, Sandra Figuerola, Marisa Gallén, Pepe Gimeno, Eduardo Albors, y tantos otros que, buscan la pieza perfecta para su función, casando utilidad y estética, han sido relegados. Ahora que agoniza el contrato con la voraz empresa francesa es tiempo de apostar por ellos.

El diseño lo envuelve todo, y una ciudad tiene que buscar su propio sello estético en sus objetos necesarios y útiles, no copiar, no debe aborregarse visualmente. Si hace ya más de tres décadas que los diseñadores de La Nave pudieron llenar de desbordante colorido, y de espíritu mediterráneo, los carteles que señalizaban turísticamente las salidas de la A7 en la Comunidad Valenciana,  ¿por qué una ciudad como Valencia no busca su impronta estética en su mobiliario?.

Un banco público es un lujo barato. Ojalá ejerciéramos esa costumbre sajona de regalar bancos a las ciudades, reseñando en una placa en recuerdo de quién se regala, su fecha de nacimiento y la de su deceso, y el motivo por el que se regala. En los bancos se ve pasar la vida. Son un sitio para conversar, para mirar. Pensar, por ejemplo, en lo que diría Plá de los que leemos, con absurda avidez, sus notas sobre el clima, su sueño, sus lecturas, su sensación térmica, sus borracheras o sus cenas, editadas como “la vida lenta” .


Valía la pena intentar cenar allí aunque solo fuera por el nombre del bar, “El buen humor”. Fueron los últimos en salir de allí. El dueño, alentado por la alegría de su mujer, les invitó a la última ronda. Hablaron de todo, incluso de cuándo se conocieron y de los años que llevaban juntos. Las botellas de Borsao Selección que fueron vaciando eran de tapón de rosca; parece que se suministran allí así a los bares, para que no se pierda tiempo descorchándolas. Según el enólogo Parker se trata, probablemente, del mejor vino del mundo, relación calidad y precio. El mamarracho del ecce homo en una ermita y la valoración de un gurú han revolucionado Borja. Sus bancos siguen alerta.

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