09 diciembre 2014

Colaboración Levante-EMV 2/12/2014 "El cajón"

"El cajón"

Fue una cena festiva. La Audiencia Nacional había archivado el procedimiento contra varios miembros de “cultura contra la guerra”. Durante un pleno de Les Corts habían gritado “No a la guerra”. Fue a los postres. Una actriz contó sus peripecias durante las representaciones de “Las Troyanas”, financiadas por la Generalitat con casi dos millones y medio de euros, en Roma. Lo resumió en una última frase que siempre tengo presente: “Era como si hubiera un cajón con dinero y todo el que pasaba se llevaba algo”.

Cuando pienso en Feria Valencia no puedo dejar de pensar en el cajón. Un cajón bien grande, lleno de billetes, mucha gente pasando, y mucha gente llevándoselos.

En el siglo pasado las ferias de muestras tenían sentido. Las empresas exponían sus productos, colmaban a sus clientes de atenciones, se intercambiaban tarjetas y se formalizaban acuerdos. Los hoteles hacían su agosto todos los meses, los restaurantes caros se llenaban, igual que los bares de copas en días no festivos. Los clubs de alterne prolongaban su horario. Trabajaban azafatas, electricistas, viveristas, decoradores, paneladores, camareros, empresas de catering, imprentas… La feria era  una ciudad que se reinventaba cada pocas semanas. Muebles, joyas, cerámica, papelería, coches, franquicias… Todo sector ansiaba su feria. Se pagaba el metro de stand a precio de oro, la ciudad se beneficiaba, y sus mesurados gestores parecían honrados.

Como dice una amigo mío, ¡déjate de pensar en los mil y pico millones del pufo!. El problema es qué hacemos con eso. ¿Para qué queremos esos 230.000 metros y sus 21.000 plazas de parking? ¿para exponer cosas que se encuentran en un rato en Amazon, en Alibaba o en cualquier web B2B, desde casa?

Lo de Teyoland fue de chiste. Se anunciaba como la panacea para trescientas empresas valencianas. No sé cuantos mil empleos directos e indirectos  se iba a crear. Sin embargo, en no más de cinco meses varios inversores perdieron millones, Feria Valencia no cobró ni un duro, y las esperanzas de muchos se frustraron. Va a tener razón el mismo amigo, que suspiraba porque IKEA dejara de sembrar polémicas en los ayuntamientos de l´Horta, aceptara la feria como regalo, y accediese a pintarla de azul y amarillo con el pantone que tocara.

El último plan de salvación, por llamarlo de alguna manera,  es traspasar los activos con sus incalculables deudas al sector público, y gestionar como una empresa privada su parte comercial. Dislate sobre dislate. ¡Cierren el chiringuito!, dejen un tercio para las ferias residuales que puedan seguir, y vayamos haciendo la lista de lo que queremos meter en el espacio que sobra, que no es moco de pavo.


Última visita a la Feria. Respondió a la llamada de unos carteles que anunciaban productos con descuentos de hasta el 70%. Llegó con la intención de comprar una bici y un casco de moto a buen precio. Salió cargado de chorizos, salchichones, quesos, tres cinturones elásticos y unas excelentes anchoas, doble cero, de Santoña. Cuando se cansó de dar vueltas, eligió un sofá de piel color crema para descansar y acabar de leer el periódico. A los dos minutos ya lo había tirado un cenutrio que no atendía a razones: “Me da igual que no haya otro sitio dónde sentarse, yo he venido a vender sofás, si no lo compra, levántese”.

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