17 febrero 2015

Colaboración Levante-EMV 10/2/2015 "En la concertada no hace frío"

"En la concertada no hace frío"

No le gusta madrugar pero se ha disciplinado para derrotar a la pereza. Lleva una semana de prácticas en el colegio. Un cuatrimestre entero y ya estará acabada la carrera. En el bus, con los cascos puestos, oyendo en aleatorio una lista de spotify, intenta asociar las caras de los doce alumnos de la clase en la que está de ayudante, con sus nombres : Tajmandeet, Naraya, Mara… Cuando llega a Freeman esboza una sonrisa. Ése se ha tomado muy en serio amoldar sus actos con el sentido de su nombre, es obstinadamente libre. Está muy contenta, quería un CAES y está en un CAES, uno de esos centros que escolarizan un alto porcentaje de alumnado con necesidades de compensación educativa.

Hace más de treinta años un ministro socialista, José María Maravall, se propuso un ambicioso plan de reforma de la educación; con ejemplares retos: la universalización de la educación gratuita y obligatoria para una franja de edad similar a la establecida en los paises europeos; hacer del sistema educativo un instrumento para neutralizar las desigualdades sociales; y, por último, promover una reforma de métodos y contenidos de programas y pedagogias, capaces de mejorar los resultados de la población escolar. Como una solución temporal, coyuntural, inevitable para alcanzar los objetivos en un plazo razonable, se apostó por crear una doble red de centros: una pública y otra privada, con centros concertados. Y ahí estamos, en eterna provisionalidad.

En las grandes ciudades,  con alta concentración de centros privados, se fueron relajando las normas urbanísticas, se minimizó las reservas de suelo escolar y se dejó de invertir en los antiguos centros públicos. Mientras, los propietarios de centros privados se esforzaron en actualizar sus instalaciones para no salir del paraguas del concierto. La “concertada”, alentada desde los poderes públicos, iba ganado la batalla.

Por un hijo se hace cualquier cosa, y muchos progenitores lo hicieron. Empadronamientos que no respondían a la verdad, minusvalías de nueva creación, rentas ficticias que ya se complementarían, cualquier cosa con tal de adquirir los puntos que daban acceso a una supuesta “calidad educativa”. Había que conseguir entrar en los colegios “de siempre”, había que evitar los deteriorados centros públicos. Si, a cambio, se tenía que afrontar cobros extraños por atención sicológica, actividades extraescolares, o lo que fuera, se afrontaba. Siempre saldría más barato que la enseñanza privada.

No siempre los usuarios tienen la percepción de que la educación concertada se financia con fondos públicos. No solo por los uniformes que lleva el alumnado en muchos de los colegios, es que es difícil  encontrar entre sus alumnos muchos de los que requieren mayor atención educativa, es insólito descubrir a más de uno o dos inmigrantes por aula. No se pasa frío en sus instalaciones, si se rompe una caldera la arreglan.


Mi amiga Marina lo vió. Una madre lleva a su hijo de la mano. Él viste uniforme y no tendrá más de ocho años. El niño dice “¡joder, mami!”. La madre le agarra fuerte por el codo y a voces le espeta “¡maleducado!, ¿tú qué te has creido?, ¿tú crees que el sacrificio que hacemos tu padre y yo para pagarte los doscientos euros del colegio merece que te portes así?, ¡Como sigas así, el año que viene vas al colegio público!”.

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