03 marzo 2015

Colaboración Levante-EMV 24/2/2015 "Basura desmenuzada"

"Basura desmenuzada"

Unos cuantos se acercan, a media mañana, a charlar con el mendigo fijo de la puerta del Supercor de Eduardo Boscá, deben ser de la misma nacionalidad. Llevan bicis tuneadas por el mismo diseñador. Detrás del sillín hay un cajón de naranjas, de plástico rígido, casi siempre azul oscuro, engarzado a la rueda con varillas de hierro agujereadas, de las que sujetan las baldas de las estanterías metálicas industriales. Recorren incansables todas las calles de todos los barrios. Se asoman a todos los contenedores, varias veces al día. No se sabe muy bien dónde llevan lo recolectado. Hay muchísimos.

Las sociedades occidentales son muy hipócritas con sus detritus, con sus desperdicios, con sus sobras. Un ayuntamiento como el nuestro gasta decenas de millones de euros al año para que tiremos lo que queramos a los contenedores y para que los vacíen todos los días.  A partir de ahí cerramos los ojos y no queremos realmente saber qué pasa. Muchas ciudades intentan racionalizar y abaratar la gestión de sus residuos. Casi siempre son batallas perdidas. Al amparo de una falsa comodidad se mantiene la situación actual, nada cambia y se difiere la búsqueda de soluciones.

Mucho antes de los Soprano ya planeaba la asociación basura y delincuencia organizada. Se vinculaba esos negocios a la Cosa Nostra, la Yakuza o las Tríadas. En Italia se hablaba sin pudor de la “ecomafia” y se decía que controlaba esos negocios en Calabria, Nápoles o Sicilia. Llegaban datos de exportaciones de basuras tóxicas a Costa de Marfil o de residuos electrónicos a Nigeria, Ghana o Pakistán. Si a esto añadimos los fangos radioactivos o los residuos hospitalarios da pavor pensar qué se hace con todo eso.

Las redes tiffin wallah distribuyen decenas de miles de almuerzos a trabajadores en Bombay. Recogen la comida en los domicilios, la llevan al lugar de trabajo y devuelven después los recipientes vacíos. Su eficacia es cercana al 100% . Cuando veo esas bicicletas con sus cajas azules y sus sólidos anclajes no puedo evitar recordar a los repartidores de Bombay. Éstos hurgan en los contenedores, sacan poca cosa de ellos, se cruzan con otros colegas y se saludan como lo hacen los que no se conocen pero se reconocen, con una mezcla de pudor y satisfacción. Parece poco probable que proliferen por imitación, más bien parecen formar parte de un grupo organizado, saben qué buscan, deben saber dónde llevarlo y algo les darán a cambio. Son de esas actividades misteriosas sobre las que es fácil  especular pero nadie tiene claro cómo son realmente. ¿Cuántos hay?

Cuando los ves llegar, sacar una varilla de acero y hurgar, acabas pensando que probablemente nos hacen un favor. Menos basura para cargar, menos para transportar, menos para ocultar. El día que me atreva le preguntaré a alguno.



Los vecinos son BoBos, bourgeois-bohème. De los que hablaba Renaud en una canción del mismo título. Hippie pijos, vamos. Con mimo distribuyen sus desechos en diferentes recipientes: orgánicos, vidrio, papel, envases y plásticos. A las ocho, cuando sale del trabajo la “chica que ayuda en casa” coge, con tiento, las diferentes bolsas. Pasa junto a diferentes contenedores de colores  pero va directa al de la basura normal. Tira todas las bolsas juntas, se sacude las manos y se va a la parada del autobús.

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