24 marzo 2015

Colaboración Levante-Emv 17/3/2015 "Fallas subterráneas"

"Fallas subterráneas"

Con una hora de retraso sobre el horario previsto, Doña Bárbara ejecutó la “desplegá”. Desde un edificio pegado a la Plaza del Pilar, en la calle Maldonado, desde hace varios años, despliega sobre el “Racó de la Corbella”, un cartel. El de este año, más pequeño de lo habitual, reivindicaba l´horta como nuestro único futuro y tachaba de “moniatos” a sus depredadores. Se llevaron el programa de les “falles populars i combatives. Antes de volver a casa pasaron a ver “la carxofa” gigante que Bárbara y Nemo habían pintado en un solar de calle de la Beata.  El día veintiocho derriban el edificio.

Están todo el año maquinando. Mantienen agrias polémicas entre ellos. Afloran en su seno las filias y fobias que se generan en cualquier colectivo humano. Hay luchas por el poder y tienen sus dimes y diretes. Son decenas de miles, con cientos de locales salpicados por la ciudad. Son las falleras y falleros que nos permiten, durante unos días, ser los dueños de las calzadas y bajar el colesterol con los kilómetros andados siguiendo su trabajo. Son los que nos despiertan y  los que, a nuestro pesar, nos mantienen despiertos. Son los dueños de la fiesta.

Lo descubrí por casualidad una noche de cremá. Era tarde, los bomberos no llegaban. Quién parecía el presidente estaba muy nervioso. Esperé a ver cómo acababa aquello. Acabó como los muchísimos años después en que seguí acudiendo a esa cremá, con el presidente llorando a moco tendido, fundiéndose en abrazos con cualquiera que se le acercara y manteado por los miembros de la comisión. Me recordaba a esos atletas, que no hacen marca, pero que emocionan al personal cuando llegan arrastrándose a la meta después de finalizar con padecimientos una maratón.

Después de un año vendiendo loterías, negociando con los artistas, grabando vídeos del concurso de karaoke, sacando dinero de debajo de las piedras para que la fiesta continúe, tienen que contratar asesores fiscales, llevar una contabilidad como si fueran una multinacional y superar inspecciones absurdas que provocarían revueltas en los sanfermines o la Feria de Abril.

Sin caos limitado y sin cierta relajación, la fiesta no es fiesta. Pretender que las fallas y su entorno sigan las reglas de la ortodoxia económica, mantengan el reglamentismo del control público o que se ciñan al rigor contable son quimeras que carecen de sentido.

Hay que lamentar que no sea una falla quien haya comprado un clon del London Eye y nos la haya plantado. De fuera han venido. Con alfombra roja y acento andaluz van a pegar uno de los pocos pelotazos que hoy son posibles.


Ya no se acordaban del día que abandonaron su pueblo, en Cuenca, y llegaron a Valencia. Sufrimientos, penalidades, alegrías, temores, pero desde hacía una década el bar era suyo. Bar modesto en barrio modesto para clientela modesta. La esquina era buena y en fallas se resarcían de las pérdidas de los meses anteriores. Primas, cuñados, sobrinos, y algún espontáneo, venían de Cuenca a echarles una mano en turnos infernales que les permitían tener el local abierto ciento veinte horas en fallas. Una noche se presentaron unos señores muy serios, pidieron todo tipo de papeles que los de Cuenca no tenían. La multa que les va a caer les hará cerrar el local para siempre.

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