28 diciembre 2016

Colaboración Levante-EMV 27/12/2016 y última "Gracias por venir"

                        “Gracias por venir"

La canción de Luis Prado sonaba en bucle. Ella la cantaba con fuerza. Él, paranoico como era, creía que ella le lanzaba un mensaje. Sabía que estaba gordo, del mismo modo que sabía que estaba calvo. Vestía de negro para disimular, pero que no contaran con él para dejarse el pelo largo de los lados y detrás. Mientras llegaban al destino buscó una foto suya de dos años atrás. Se reconocía pero veía a un extraño. Pasaban semáforos y él iba pasando fotos. El tiempo vivido se va embelleciendo precisamente porque está en el pasado. Los días oscuros del ahora se verán luminosos cuando la distancia permita observarlos como si fueran un paisaje.

Todo hola abraza un adiós. Dos años y cuatro meses, más de ciento diez semanas, colaboraciones de quinientas cincuenta palabras sobre Valencia, llegan a su fin. Empecé a escribir para haberle escrito. Ya lo he hecho. Como canta Julio Bustamante y escribe Vicent Baydal, Valencia no se acaba nunca. Lo que escribimos sobre ella, sí. Nunca pensé que fuera tan difícil pensar en tu ciudad una semana tras otra. Agobiaba tenerla en la cabeza,  entristecía no saber explicarla, liberaba destaparla a trocitos. 

Gracias a Julio que me lo propuso. A Lydia que me animó. A Minerva y Padilla que nunca se impacientaron. A las compañeras y compañeros que ocupan este espacio los otros seis días a la semana a los que leo arrebatadamente para evitar repetir y aprender de las diferencias. Al vecino que pasea al perro y llega leido del bar con ganas de comentar. A las primas lejanas y cercanas. A Juan que es el primero pronunciarse. A Luna y Andrea que perdonaron que aireara alguno de sus secretillos. A Pau, David y Guille que me exigieron derechos de autor cuando varias de sus aventuras se hicieron públicas. A mi padre aunque, a veces, no sepa muy bien de qué va todo esto. A los que se han reconocido y a los que no. A Salva y Lola, siempre indulgentes. A los Romero y a los Martinez que empujan hacia la parte buena. A Borja, Salvita, David y Candela, ramas de un mismo tronco, tan diferentes y tan iguales. A Carla, cuya historia sigue esbozada en alguna hoja. A Carmen, que está siempre y sin ella nada se entiende.

Esa Valencia tan mestiza, traviesa, chula, humilde, sincera, tramposa, explosiva y relajante, no se acaba nunca. Siempre encontrará quien le escriba. Las mentiras crecen en el mundo y los lectores de periódicos, de blogs, de tuits, son cada día más incrédulos y piden historias que sean iguales a sus vidas. Vida es lo que tratamos de darles, de la buena y de la otra.

Solo queda la despedida. Hagámoslo en los mismos términos con que Lina Morgan cerraba sus espectáculos, “Gracias por venir”.


La lee y ella le lee. Se leen en la distancia temporal y espacial. No es por encima del hombro ni será a cuatro manos. Se buscan en lo escrito. Percibe su fragancia en el hall de la vida y lo escribe.  Lo echará de menos. Hablará en susurros que solo ella oirá, o no. Lo que nunca le dice, lo escribe, lo que escribe no se atreve a decírselo. Le acompaña. Juntos descubrieron que las ciudades se pueden suicidar.

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