12 julio 2016

Colaboración Levante-EMV 5/7/2016 "El olor de la cartelera"

                                          "El olor de la cartelera"

Le habían enseñado que oler no era de buena educación. No oir conversaciones ajenas, no tocar el género, no mirar a los diferentes, no chupar lo que no te vayas a comer, no oler lo que te ofrecen. Educar es aniquilar sentidos. Los viernes  la quiosquera cogía una cartelera Turia del montoncito que tenía a mano y se la daba. Él aceleraba el paso, se sentaba en una mesa apartada, pedía un café y, si nadie miraba, abría la cartelera y la olía con todas sus fuerzas.

Cuando pasa todo, acaba no pasando nada. La ciudad está inundada de carteles con la programación de la Feria de Julio. Suena bien la música que anuncian; Anastasia, Alan Parsons Project, Quilapayún, Toquinho & María Creuza, El Barrio, Gloria Gaynor, Chambao…Nostalgia con toques de modernidad, ambición con reconocimiento, ilusión foránea con cercanía local. Los carteles son atractivos. Es entretenido pensar a quienes irías a ver sin dudarlo, quienes consideras prescindibles y quienes verías si no hay un plan mejor. Lo que es imposible saber, mirando el cartel, es cuando actúa cada uno y el precio de las entradas.

Hay quien, habiendo recorrido centenares de kilómetros para verlos, se enteró por casualidad de que el domingo estaban Andrea Motis y Joan Chamorro actuando en el mercado de Colón. También que esa noche actuaba la Sant Andreu Jazz Band en el cauce del Turia.

Por un estimado octogenario periodista gruñón supe que suele haber varios conciertos los fines de semana en plazas del barrio del Carmen. Por fotos del periódico me enteré de una actuación de Perico Sambeat.

Los muros de los solares, donde emergían las mejores pintadas de la democracia; fotografiadas y archivadas por el Flaco, son hoy, nichos en los que se cuelgan carteles de cantantes y grupos. Las más de las veces son solo fotos de ellos, ni un dato sobre cuándo es el concierto, dónde o el precio.

Son recurrentes las conversaciones sobre quién estuvo, quién actuó,  qué obra de teatro representaron, qué actividades se desarrollaron, que acaban con melancólicos “de haberlo sabido, hubiera ido”.

Tal vez hay un montón de webs que concretan esos aspectos, que al fin y a la postre, son las que nos inducen a ir o no. También es cierto que las reseñas de lo acaecido suelen ser prolijas. Se añora esas páginas dobles en los periódicos con todos los datos, los horarios, la ubicación, los precios, los teléfonos, emails y webs de información.

En los tiempos anteriores a la hiperinformación dispersa inútil, con la cartelera Turia y el Levante te bastaba para planificar lúdicamente la semana. Deberían saber los organizadores de eventos que los que seguimos comprando periódicos tenemos derecho a que se anuncien. Se llevarían una sorpresa al constatar que les sale rentable.


El plan sonaba bien. Picarían unas bravas en Cesáreo. Un poco más arriba, en la calle Cuenca, estaba el cine porno. Estaban atacados por la verguenza. En un lugar bien visible llevarían la cartelera Turia. Un cuatro para “El diablo en la señorita Jones” bien valía pasar el trago. Las aventuras de una cuarentona, solitaria, virgen y deprimida;  que se suicida, pasa por el limbo y acaba como ninfómana en el infierno con un impotente, les pareció un rollo. Se tomaron un helado en La Suprema.

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