13 octubre 2015

Colaboración Levante-EMV 6/10/2015 "Coto al mal"

"Coto al mal"

Ese martes apuró el café y  salió disparado hacia la catedral. Contaba el periódico que una de las esculturas que coronan la Puerta de los Hierros tenía atado un pañuelo negro en el cuello. Fue llegando gente que instintivamente estiraba el cuello. A casi todo el mundo le parecía fatal la hazaña. Los menos, pensaban que tenía mérito jugarse la vida desde el anonimato.-¡Hay gente pa tó!- espetó un señor mayor, advertido del motivo del revuelo callejero.

Parece que el Ayuntamiento de París va a multar a quien tire una colilla al suelo con sesenta y ocho euros. El motivo de la multa no sorprende, ya hay muchas ciudades que lo hacen y se sanciona conductas como escupir, tirar papeles, pedir limosna en los supermercados, etc… Es más, hace un par de años la alcaldesa Botella, en Madrid, presentó un proyecto de “ordenanza de convivencia” para castigar esas conductas. Lo que sorprende es la cantidad. ¿Por qué sesenta y ocho euros? ¿Por qué no 100, o setenta, u ochenta? ¿sesenta y ocho? ¿es porque es París y quieren que la gente recuerde aquél mayo? Tirar una colilla al suelo es una cochinada pero muchos de esos comportamientos indeseables se solventan con miradas aviesas; o no, no sea que el infractor se rebele y se líe el asunto. Cada vez se fuma menos y en menos sitios. Es hurgar en la herida de unos cuantos marginados.

Entre los susceptibles de ser multados siempre están los gorrillas, facilitadores de lugares de aparcamiento, acabarán llamándoles. Su presencia incomoda, es una suerte de coacción, y algunos tienen mucho morro. Eso de ofrecer sitios libres de una zona ORA muy meritorio no parece. Otra cosa son los que ayudan a aparcar en los aledaños del Ciutat de Valencia. Son todos subsaharianos; hay decenas y tienen sus más y sus menos entre ellos. Ejercitan una auténtica ingeniería de aparcamiento. Meten coches en sitios inverosímiles. Hay quienes, inicialmente, dudan de su eficacia pero acaban siempre satisfechos. Los que se resignan a aparcar pensando que jamás conseguirán sacar el coche de allí repiten una y otra vez la experiencia. Algunos parecen llevar unos invisibles galones que hacen que otros les reconozcan cierta preeminencia. Deben ser los “maestros”. Es imposible que alcancen tal virtuosismo sin ensayar, sin ver planos y sin conocer cada palmo del terreno a invadir.

La permanente búsqueda de conductas impropias sancionables por los poderes públicos es inagotable. Hay quien sueña que ha infringido alguna normativa, sin recordar cuál, manteniendo, al despertar, la expresión perpleja de la culpabilidad. Esperemos que no se atrevan a sancionar a los avezados consumidores de tortillas del bar Alhambra con la excusa de mejorar nuestro colesterol. En cambio, a los que han comprado y leido “La chica del tren” no les pasará nada. Siempre el poder hace excepciones y deja sin castigo conductas objetivamente reprobables.


Llevaba mucho tiempo constatando que en las películas solo fumaban los malos. No quería decírselo a nadie porque era como destripar quién sería el asesino . A veces esos mismos malos u otros, también malos, usaban teléfonos que no eran Apple. Muchas de las escenas se podían resolver con una simple llamada pero o lo habían perdido o no les funcionaba. Lo bueno y lo malo andan por ahí con disfraces nuevos.

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