20 octubre 2015

Colaboración Levante-EMV 13/10/2015 "Todo se transforma"

"Todo se transforma"

De joven, al cerrar los bares, se arrancaba con un cucurrucucú . Ni siquiera sus mejores amigas le reconocían el chorro de voz que estaba convencida que tenía. Le hizo una demostración. Él, devotamente, cuando la vió con la manita derecha pegada a la cara intentó convencerla de que esa voz había que educarla. Ella era más partidaria de ir vivir a Nueva York y aprender a tocar un instrumento. A él le pareció buena idea. Aprovecharía para escribir la gran novela americana del siglo superando a Jonathan Franzen.

Hay un bar nuevo en la calle Mantes, casi esquina con Derechos. Es chiquitín y no tiene nombre. Los dueños dicen que se llamará Tasca Sorolla porque Sorolla nació en esa calle. Hay disputa entre el número cuatro, el suyo, y el ocho, un poco más adelante. Como no hay cartel, aún están a tiempo de llamarla “sis dits” que era como se llamaba la tienda de tejidos de los padres de Sorolla. Ofrecen diariamente caracoles, calllos, pescado y carnes. Todo exquisito. Cada día sirven lo más fresco y lo mejor que encuentran. No es caro. Estuve una vez y me llamó la atención la pareja que lo llevaba. Uno de ellos concentrado en la plancha, buscando la perfección; el otro concentrado en los parroquianos  a los que atendía, volcado en satisfacerles. Me dió la sensación de que venían de otras vidas y preguntando lo supe. Vienen de otras vidas. Han cambiado a tiempo.

En “Los diarios de Emilio Renzi”, Ricardo Piglia aclara en su nota de autor que en su inicial ingenuidad estaba todo el tiempo buscando aventuras extraordinarias. Entonces empezó a robarle la experiencia a gente conocida, historias que se imaginaba que vivían cuando no estaban con él.

Cuesta imaginar las vidas que llevan algunas de las personas que acuden año tras año a la procesión cívica del 9 de octubre, cuando no están allí. Algunos y algunas insultan, hacen gestos maleducados, miran con cara de odio. No son muy diferentes de aspecto respecto a los insultados. En realidad son muy parecidos. Han nacido y viven en alguno de los barrios de la ciudad. Se levantan por las mañanas para ir a trabajar, comen cosas parecidas. Se ríen de las mismas bromas, padecen las mismas enfermedades. Se apasionan, sienten, lloran, sufren, gozan… Afortunadamente no son muchos. Puede que no cambien nunca, que el rito forme parte de su esencia. Pasan los años, las celebraciones, los himnos, las banderas... y el mundo sigue girando. El cambio como garantía de continuidad. Nos vamos a quedar, no quedan muchos sitios donde ir. Todo se transforma.


No era una buena mañana. Había decidido divorciarse de sí mismo, durante unas horas. Se sentó en una de las terrazas de la Plaza de la Virgen, la de las sillas verdes, frente a la Catedral y su puerta de los apóstoles. Pase que los apóstoles sean de resina para salvaguardar los originales, pero la excesiva limpieza del conjunto falsea la imagen que nos llega. Con el enésimo músico callejero, uno de sus dos yos se quiso ir. Solo le gustaba el que cantaba canciones que sonaban a Moustaki. Pagó con una moneda de dos euros el café. Al depositarlo se fijó el águila del reverso. Era fea, inquietante, alemana; solo valía dos euros.

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